- Las grandes casas de Alta Costura incorporan a modelos de 50, 60 y 70 años, desafiando el edadismo tradicional de la industria.
- Figuras como Marie Sophie Wilson, Elisabetta Dessy o Stéphanie Cavalli simbolizan carreras largas y nuevas oportunidades para la belleza madura.
- Firmas como Valentino, Chanel o Jacquemus usan castings intergeneracionales para conectar con clientas reales y con mayor poder adquisitivo.
- Críticas y expertas celebran este avance, aunque alertan de la posible “trampa” de exigir a las mujeres mayores un físico aún normativo.
La moda de lujo vive un momento de cambio profundo y ese giro se ve con total claridad en las pasarelas donde, por fin, las modelos maduras empiezan a ocupar el lugar que merecen. Lo que hace nada parecía una excepción puntual se está consolidando como una declaración de intenciones: las firmas de Alta Costura y las grandes casas pretenden hablarle a mujeres que han vivido, que tienen experiencia, poder adquisitivo y una relación real con la ropa que se ponen.
Este movimiento tiene nombres propios, gestos simbólicos y también un fuerte trasfondo económico y social. Directores creativos como Alessandro Michele o Matthieu Blazy han decidido plantar cara al edadismo con castings repletos de mujeres de 50, 60 y 70 años; al mismo tiempo, modelos míticas como Elisabetta Dessy o Kate Moss reaparecen en desfiles clave y las primeras filas se llenan de actrices y embajadoras sénior. Todo ello dibuja un nuevo mapa en el que la elegancia madura deja de ser invisible.
El impacto del debut de Alessandro Michele en Valentino
En su estreno en la Alta Costura como nuevo director creativo de Valentino, Alessandro Michele quiso ir mucho más allá de presentar una colección impecable. Aprovechó su posición privilegiada para lanzar un mensaje directo al corazón de la industria: el tiempo no es un enemigo, sino un aliado que multiplica la belleza. Para subrayarlo, colocó sobre la pasarela a diez mujeres de entre 50, 60 y 70 años que desfilaron con la misma autoridad que cualquier top joven.
Estas diez modelos no fueron un detalle decorativo ni una cuota simbólica. En un entorno tan exclusivo como la Alta Costura francesa, considerado por muchos el máximo escalón de la moda, dar semejante protagonismo a mujeres maduras fue casi un acto de rebeldía. Michele vino a decir, en voz alta, que la carrera de una modelo ya no se corta en seco a una edad arbitraria, sino que puede evolucionar, transformarse y seguir siendo central en las semanas de la moda.
Entre ellas había rostros sobradamente conocidos por campañas internacionales, sobre todo de cosmética, y también varias caras nuevas que irrumpen ahora con fuerza. Lo interesante es que convivían trayectorias larguísimas con historias recién iniciadas, mostrando que llegar tarde a la pasarela no es sinónimo de llegar mal. Ese choque de generaciones en un mismo desfile refuerza la idea de que la belleza adulta no es una rareza, sino un valor en alza.
Michele sintetizó esta filosofía en una frase que ya se repite por todo el sector: “el tiempo otorga gracia y multiplica la belleza”. Más allá de la cita, su casting hizo visible algo que muchas mujeres llevaban años reclamando: sentirse representadas por las marcas que consumen. Y en el terreno del lujo, donde el relato pesa tanto como la prenda, este tipo de decisiones marca un antes y un después.
Además, el mensaje encaja con una realidad que las propias firmas no pueden ignorar: el público de Alta Costura está compuesto en gran parte por clientas maduras, con capacidad económica, criterio formado y un vínculo emocional con las casas con las que conviven desde hace décadas. Ver a mujeres de su edad sobre la pasarela convierte la experiencia del desfile en algo más auténtico y cercano.
Marie Sophie Wilson: de Zara a musa de la madurez
Dentro de ese grupo de modelos maduras del show de Valentino, destaca especialmente Marie Sophie Wilson, con 61 años. Su nombre empezó a sonar con fuerza a raíz de sus campañas para Zara en 2021, repitiendo colaboración en 2022 y 2023. A partir de ahí, se convirtió en uno de los rostros más buscados por diseñadores y marcas de todo el mundo que querían asociarse a una imagen de elegancia real y no filtrada por la obsesión con la juventud.
Su fichaje por Zara fue uno de esos pequeños grandes gestos que cambian inercias. La gigante española apostó por una modelo sexagenaria en un momento en el que el edadismo seguía muy presente en el sector textil, y el movimiento tuvo un efecto contagio: poco después, muchas otras firmas, tanto de lujo como de gama media, comenzaron a incorporar mujeres de más de 50 años en sus campañas.
No es casual que el vínculo entre Wilson y Valentino llegue en un contexto en el que la casa italiana mantiene una relación histórica con Marta Ortega y, por extensión, con el universo Inditex. Los cruces entre lujo y fast fashion llevan tiempo produciéndose, pero ahora se ve algo distinto: una cierta coherencia de discurso a la hora de cuestionar los límites de edad en la moda.
Lo relevante en el caso de Marie Sophie Wilson no es solo su edad, sino la lectura que hace la industria de su figura. Se la percibe como un símbolo de cambio: alguien que ha roto el techo invisible que durante décadas daba por terminada la carrera de una modelo a los 30 y pocos. Verla subir a una pasarela de Alta Costura después de haber sido imagen de una firma tan masiva como Zara manda un mensaje potente a todas las generaciones.
Su presencia recuerda, además, que la experiencia es un recurso estético en sí mismo. Las arrugas, las canas y los gestos aprendidos con los años dotan a las prendas de una narrativa diferente; cuando una mujer que ha vivido varias vidas se enfunda un vestido de Alta Costura, la pieza se lee de otra manera, con más capas y matices que trascienden la simple novedad.
Matthieu Blazy y el giro de Chanel hacia las mujeres maduras
Otro de los grandes titulares de la semana de la Alta Costura en París fue el debut de Matthieu Blazy al frente de Chanel. El diseñador decidió abrir su desfile Primavera-Verano 2026 con Stéphanie Cavalli, una modelo de 49 años, de cabello canoso y presencia magnética, en lugar de recurrir a una adolescente anónima, como ha sido costumbre en muchísimos castings anteriores de la industria.
Los críticos interpretaron este gesto como una ruptura deliberada con las convenciones tradicionales de la maison. Harper’s Bazaar destacó que Blazy firmaba uno de los castings más diversos en cuestión de edad y raza jamás vistos en Chanel, una auténtica oda a la individualidad que, además, ponía el foco en la libertad de envejecer sin esconderlo.
Vanessa Friedman, crítica de moda jefa de The New York Times, fue tajante al definir el mensaje del desfile: “Chanel celebra a las mujeres maduras”. No se trataba de incluir a una modelo sénior para la foto, sino de dar espacio real a un puñado de mujeres de más de 40 y 50 años, entre ellas la española Laura Ponte, que pisaron la pasarela con la misma naturalidad que cualquiera de sus compañeras jóvenes.
Tras bambalinas, Blazy explicó su decisión con total claridad: rechaza la idea de una pasarela dominada por adolescentes “sombrías y autómatas”. Para él, las modelos maduras añaden una dimensión completamente distinta a la ropa, porque aportan vida y experiencia. Esas vivencias se traducen en cómo se mueven, cómo miran, cómo respiran las prendas, y eso transforma la percepción de la colección completa.
Los especialistas coinciden en que Chanel no se limitó a un gesto simbólico. El número de mujeres maduras sobre la pasarela fue suficiente como para hablar de un verdadero cambio de enfoque, no de una operación de marketing aislada. El mensaje era claro: la casa quiere que las espectadoras, sin importar su edad, puedan reconocerse en algo de lo que ven desfilar, incluso si nunca llegan a comprar esas piezas.
Una Alta Costura que se inspira en las historias personales
Más allá del casting, Matthieu Blazy quiso alejarse de algunos clichés de Chanel, como las camelias omnipresentes o las cadenas de perlas. En su lugar, construyó una colección inspirada en los pájaros y la ligereza, presentada en un escenario de bosque rosa que parecía sacado de un cuento. Las capas de muselina transparente que rodeaban el cuerpo evocaban la sensación de brisa, de movimiento sutil y continuo.
Para profundizar aún más en el valor de la Alta Costura, Blazy pidió a las modelos que compartieran un recuerdo, una fecha o unas iniciales que tuviera un significado íntimo para ellas. Esos pequeños fragmentos de biografía se integraron en el interior de las prendas, casi como secretos cosidos a mano que acompañaban cada look. El objetivo era que la ropa se percibiera no solo como lujo, sino como extensión de una historia personal.
Este enfoque encaja especialmente bien cuando hablamos de mujeres maduras. Cuantas más décadas de vida hay detrás, más carga simbólica pueden tener esos detalles: una fecha de nacimiento, las iniciales de un ser querido, un lugar que marcó un antes y un después… todo se convierte en material para que la Alta Costura deje de ser algo abstracto y se acerque a la memoria y la identidad de quien la viste.
La idea de que las mujeres que observan el desfile “se reconozcan a sí mismas en algo de lo que ven” conecta directamente con la inclusión de modelos sénior. Cuando quien desfila tiene arrugas, canas y una presencia que delata años de vida, es mucho más fácil que una espectadora de 50, 60 o 70 años sienta que esa prenda podría estar pensada también para ella. No se trata solo de tallas o patrones, sino de actitud y representación.
En ese sentido, Chanel no solo está actualizando su lenguaje visual, sino también su relación con la clienta real. La mujer que compra un traje de tweed o un vestido de Alta Costura suele tener una trayectoria profesional y personal muy sólida, y ya no se conforma con verse relegada a la butaca mientras una legión de adolescentes monopoliza la pasarela. Darle espacio a mujeres de su misma franja de edad es una forma de devolverle el protagonismo.
El fenómeno Elisabetta Dessy: del podio olímpico al street style de Milán
Si hay una figura que encarna a la perfección esta nueva ola de modelos maduras, esa es Elisabetta Dessy. A sus 67 años, se ha convertido en uno de los iconos más potentes del street style de la Semana de la Moda de Milán. Su imagen con un traje blanco impecable, sin nada bajo la chaqueta, melena cana y una elegancia natural, ha dado la vuelta al mundo y ha conquistado a todos los fotógrafos que la cazan a la salida de los desfiles.
Su historia es de película. Antes de pisar las grandes pasarelas, fue nadadora olímpica y llegó a capitanear a su equipo, participando en los Juegos de Montreal de 1976. Nada más retirarse de la natación, mientras veraneaba en Cerdeña, un agente ligado a John Casablancas la vio en una foto y se empeñó en localizarla. Semanas después, estaba haciendo pruebas de vestuario en el taller de Valentino, en la Via Gregoriana, arrancando así una carrera fulgurante.
En los años 70 y 80, Elisabetta desfiló para casas como Valentino, Gucci, Giorgio Armani o Versace, convirtiéndose en modelo de referencia para Gucci durante una larga etapa. En aquel momento, su rostro y su silueta se asociaban a una idea de lujo italiano sofisticado y muy reconocible, justo la clase de imagen que ha vuelto a ponerse de moda con la nostalgia actual por esas décadas.
Tras un parón de unos 40 años, Dessy regresó a la industria por la puerta grande. Ha vuelto a participar en castings tan prestigiosos como los de Valentino, Balmain o Margiela, y fue uno de los nombres destacados en la Alta Costura de 2022 en Roma, desfilando bajo las órdenes de Pierpaolo Piccioli en la Plaza de España. También ha seguido trabajando en campañas para marcas contemporáneas como Jacquemus, Tod’s o Zara.
Su regreso a Zara tiene su propia historia: la marca la fichó a través de redes sociales y la llevó a posar en una campaña fotografiada en Civitavecchia, un balneario próximo a Roma. Esa mezcla de pasado glorioso y presente muy activo la ha colocado de nuevo en el foco mediático, hasta el punto de protagonizar portadas como The Jubilee Issue de Harper’s Bazaar Italia. Hoy, además de subirse a la pasarela, se la ve sentada en primera fila en desfiles de firmas como Max Mara.
Un símbolo contra el edadismo en la moda
Nacida en Roma en 1957, hija mayor de la condesa Amalia Acqua y Giorgio Dessy, Elisabetta no solo tiene una biografía de novela; también maneja con soltura el lenguaje digital. En su cuenta de Instagram, donde supera los 20.000 seguidores, comparte sus trabajos y looks diarios que se han convertido en inspiración para muchas mujeres que buscan referentes de estilo a partir de los 60.
Su figura es un ejemplo clarísimo de cómo la moda está intentando combatir, aunque sea poco a poco, el edadismo. Hace apenas unos años, una carrera como la suya habría sido considerada “amortizada” y habría quedado relegada a los archivos de las revistas. Hoy, sin embargo, su vuelta tras cuatro décadas demuestra que la demanda de referentes maduros es real y que la industria está dispuesta a aprovecharla.
Elisabetta Dessy también encarna una idea distinta de lo que significa envejecer. No se ajusta a un modelo de discreción o invisibilidad: lleva trajes poderosos, se atreve con escotes, presume de su melena gris y hace de la seguridad en sí misma su mejor accesorio. Eso lanza un mensaje muy potente a todas las mujeres de su generación: se puede seguir disfrutando de la moda sin pedir disculpas por la edad.
Su presencia constante en el street style de Milán, fotografiada una y otra vez por los cazadores de tendencias, refuerza algo importante: no solo importa quién está sobre la pasarela, sino también quién ocupa la calle en torno a los desfiles. El público se ha convertido en escaparate, y las mujeres maduras mejor vestidas de las capitales de la moda influyen tanto como muchas campañas oficiales.
En conjunto, el caso de Dessy demuestra que el retorno de una top mítica puede ser mucho más que un guiño nostálgico. Es la prueba viviente de que el capital simbólico de una modelo no caduca si la industria se atreve a mirarla con otros ojos y a ver en las canas y en las décadas de vida un activo, no un problema.
Más allá de la pasarela: musas maduras y primeras filas llenas de arrugas
La visibilidad de las mujeres maduras en la moda no se limita a los castings oficiales. Muchas marcas han encontrado en figuras célebres de más de 50 años a sus mejores embajadoras. El diseñador francés Simon Porte Jacquemus, por ejemplo, ha convertido a Pamela Anderson (58) y a la cantante Lio (63) en auténticas musas de su universo, defendiendo sus arrugas y su naturalidad sin filtros.
La historia más entrañable de Jacquemus tiene que ver con su abuela Liline, de 79 años. La nombró primera “embajadora” oficial de su firma, situándola en un lugar de honor dentro de la narrativa de la marca. Este tipo de gestos, aparentemente anecdóticos, ayudan a desmontar la idea de que el lujo y la moda contemporánea tienen que orbitar exclusivamente alrededor de la juventud.
En paralelo, las primeras filas de los grandes desfiles se han llenado de nombres que hace mucho superaron los 50. Demi Moore, con 63 años, ha sido fotografiada luciendo un total look de cuero en Gucci; Andie MacDowell, de 67, presume de melena canosa en Armani; y Michelle Pfeiffer, también con 67, aparece como invitada estrella en desfiles de casas como Saint Laurent. Verlas ocupando esos asientos de privilegio, vestidas con las últimas colecciones, refuerza el mensaje que llega desde la pasarela.
Las modelos veteranas también lo confirman. Stéphanie Cavalli reconocía en una entrevista con Vogue France que, aunque la mayoría de las maniquíes siguen teniendo menos de 30 años, la diversidad de edades es cada vez más tangible y que “hoy es el mejor momento para tener 50 años y ser modelo”. No es que se haya acabado la presión, pero por primera vez se abre una verdadera puerta a carreras más largas.
A todo ello se suma el peso de nombres legendarios como Kate Moss. Con 52 años, la británica causó sensación al cerrar el primer desfile de Gucci bajo la batuta de Demna, luciendo un vestido ceñido de espalda descubierta. Su aparición dejó claro que incluso las grandes casas que antes apostaban casi exclusivamente por la juventud empiezan a entender el valor icónico de sus propias veteranas.
El trasfondo económico y cultural del auge de las modelos maduras
Detrás de este aparente giro humanista hay, cómo no, una lectura económica. Los grandes grupos de lujo como LVMH o Kering atraviesan momentos delicados en cuanto a resultados y buscan fórmulas para impulsar sus ventas. Una de las vías más lógicas es dirigirse con más claridad a quienes ya compran: mujeres con experiencia, poder adquisitivo y una relación de larga duración con las marcas.
Victoria Dartigues, directora de compras de moda femenina y accesorios en Galeries Lafayette, lo expresa sin rodeos: vender un producto antiarrugas con una modelo de 20 años no refleja la vida real. Ella misma apunta que muchas clientas de lujo son “business women”, mujeres que trabajan, viajan, toman decisiones de peso y suelen tener una cierta edad. Atender a esa realidad implica representarlas mejor.
Comprar un bolso o un vestido de lujo no es un gesto cualquiera. Requiere un conocimiento previo de la prenda, una cultura de moda y una cierta madurez que no siempre se tiene a los 20 años. Por eso la industria está empezando a comprender que tiene más sentido hablar de tú a tú a esa clientela experimentada que seguir alimentando un ideal juvenil que, en la práctica, se aleja de su público más fiel.
Otra cuestión es cómo se maneja ese nuevo culto a la madurez. La crítica de moda Sophie Fontanel advierte de una “trampa”: a veces se ensalza a mujeres de 50 a 65 años que siguen encajando en los cánones clásicos, ultra delgadas, sensuales, con un físico todavía muy normativo. Es decir, se sustituye el mito de la eterna jovencita por el de la “mujer mayor que parece increíble”, pero siempre dentro de unos límites estéticos muy marcados.
Según Fontanel, esto corre el riesgo de imponer una nueva serie de exigencias: la mujer madura debería seguir siendo espectacular, mantener un cuerpo casi adolescente y ajustarse al gusto de los diseñadores, o de lo contrario quedaría fuera de los focos. La diversidad de edad, por tanto, tiene que ir de la mano de una diversidad real de cuerpos, estilos y maneras de envejecer, si de verdad se quiere derribar el edadismo y no simplemente maquillarlo.
En cualquier caso, el hecho de que hoy se debata sobre estos matices ya es significativo. Hace apenas una década, la presencia de mujeres de 50 o 60 años en las semanas de la moda era casi anecdótica. Ahora no solo desfilan; también opinan, dirigen departamentos creativos, se sientan en primera fila y se convierten en parte central del discurso de las marcas.
La suma de todos estos casos —los desfiles de Valentino y Chanel, el fenómeno Elisabetta Dessy, las musas de Jacquemus y el peso de las compradoras sénior— dibuja un panorama en el que la belleza madura empieza, poco a poco, a dejar de ser una excepción. El camino no está libre de contradicciones ni de riesgos de idealización, pero la puerta ya está abierta: la semana de la moda se está llenando de canas, arrugas y biografías intensas que enriquecen cada colección y recuerdan que el estilo no entiende de fechas de caducidad.




